![[Img #48160]](upload/img/periodico/img_48160.jpg)
Te lo creas o no, lector mío, en cuanto me desperté, me sentí solo y abandonado, así que, para curarme del agobio sufrido, me escapé de la celda o jaula-dormitorio en la que me habían enclaustrado, y empecé a otear el horizonte que tenía por delante para tomar de esa forma posesión de mi circunstancial territorio. Quizás nunca lo hiciera, porque al atisbar la lavadora eléctrica, me escondí y sumergí en ella, sin pensarlo detenidamente. ¡Dios, si Ana la compañera cómplice del abuelo, la hubiera arrancado en ese u otro momento! Trizas o salchichas me habría hecho. Pero no, no la echó a andar. Menos mal. Dios provee y dispone siempre lo mejor para nosotros, los gatos de siete vidas o nueve, como cuentan los ingleses, ellos tan especiales y diferentes del resto de Europa.
Vete a ver adónde van a ir a parar ahora los ingleses o granbretaños con esa tontería del Bresik autodeterminante que se han inventado o votado y del que están totalmente arrepentidos por boca de la señora May, su presidenta.
No había caído la noche aún. Al contrario. El crepúsculo despedía sus últimas luces del color de las naranjas valencianas. Me armé de valor y di varias vueltas a la redonda. Enfrente se me ofrecía la Sierra de Guadarrama colorada, con la Mujer Muerta a cuestas, y, a los lados, verjas de hierro en la terraza y dos puertas de aluminio semiabiertas, una en dirección a la cocina, otra en dirección al salón. Opté por la primera y me sumergí, como acabo de explicar, en el bombo biombo de la lavadora eléctrica, que me quedaba más cerca.
Nunca lo hiciera. Se hallaba llena de ropa para lavar y me guarecí bajo ella. Atrevido o estúpido que es uno. Las dos cosas, jolín.
Mi amo y mi ama rebuscándome y yo sin dar la cara. ¡Qué disgusto para los dos, que me habían acogido con generosidad en su casa, sin importarles la lata que les iba a dar!
El caso es que, al fin, me encontraron, después de haber preguntado por mi desaparición a todos los compañeros de la piscina de la urbanización.
—No está aquí, no está aquí, les comentaron, quien más, quien menos. Julio el vecino incluso se dio una vuelta a mi caza en torno a los arbustos. Pero tuvo que desistir.
—No lo he encontrado, Apuleyo, lo siento, le dijo compungido al abuelo, después de una sudadera de muy señor mío. Y quedándose sin baño, que es lo que más le apetecía, así como sin el juego de cartas en el que se debatía todas las tardes con Jose, Vicente, Paco el del puro aferrado a los labios y otros compañeros de tute, mus, brisca, ajedrez y dominó.
—Seguro que no se ha dado el piro. Aguanta y espera, le tranquilizó al abuelo.
De manera que cuando retornó al piso, me reencontró bajo la cama, durmiendo la mona, y no me moví más, durante un cierto tiempo. La vida, digo yo, que lo sé, es un continuo reencuentro con los seres que verdaderamente amas y te aman. ¿Te enteras, lector?





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