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Me presento. Me llamo Argos. O sea que veo muy bien por donde voy y donde me meto, donde entro y de donde salgo.
Argos fue una pequeña ciudad griega, hoy sepultada y excavada. También recibió ese nombre un gigante de cien ojos inventado por la literatura helena y elevado a la categoría de Dios mitológico.
Ya lo sabes. Ese Argos guió a los argonautas por el mar en busca del vellocino de oro, con Jasón al mando del velero que se habían construido en la Argólida. Una historia fantástica, maravillosa, semejante a las de ciencia-ficción de ahora. Lo sé porque me lo han contado.
Dicho esto por elemental cortesía contigo, lector mío, que conste de antemano que soy un gato, no un Dios ni un argonauta. Un gatazo pardo. O más bien gris y blanco-azulado.
Acabo de cumplir nueve años, peso nueve kilos y espelucho mucho. Sí, ¡tiro más pelos por los suelos que un viejo canoso…! He dicho pelos, no pedos, que también. Pero parece que nadie los oye ni los huele, porque no se da por enterado. O eso es lo que me muestran y yo me lo quiero creer. Debe de ser porque me admiran y toleran así mis horribles flatulencias. La tolerancia es fruto del amor, claro que sí.
A lo que iba. Iria, mi dueña tan querida y hacendosa, se tomaba vacaciones en Llanes (Asturias) este agosto “augusto y lento”, en el que han entrado por el norte y por el sur unas “olas de calor” impertinentes, sofocantes e insufribles —van tres hombres muertos, según la prensa—y me ha depositado, para que no la importune, en la casa aireada del abuelo Apuleyo, situada en Guadalix de la Sierra, a la vera del río Seco. Yo le llamo Seco, pero en realidad lleva el nombre del pueblo, como topónimo ajustado. Y es que todos los veranos se queda el cauce seco como la mojama: duro, arcilloso y pedregoso, con solo algunos granitos de arena fina en las orillas, sobre los que hacen alpinismo diminuto unos ejércitos de hormigas, que no paran de ir y venir de un lado a otro, llevando acuestas “toneladas” de granos y pajitas. Digo toneladas porque la mercancía que traspasan al hormiguero sobrepasa diez o más veces su escaso peso corporal. ¿Lo entiendes? Yo no.
Esas arenas finas les hacen cosquillas en los pies a los niños que se aventuran por él —Héctor, Alba y Aitana— para cortar y enredar los juncos, con los que se ciñen la frente, como si fueran Apolos dioses. ¡Ay si Apeles les dibujara! Pero Apeles se contentó con pintar a los pájaros de buen agüero que se abatían sobre sus uvas pintadas como si fueran verdaderas. Tontos que se equivocaban por comer, pecado de gula, según los monjes franciscanos y benedictinos, que se ponían gordos en contra de lo que predicaban (y predican).
Hasta mañana. Adiós. “Mañana es siempre todavía”, aunque no lo hubiera escrito don Antonio Machado el bueno. ¿De acuerdo? Pues sígueme, que la naturaleza animal y vegetal es irreversible. Y yo voy a continuar escribiendo sobre ella y sobre mí. Adelante. Adelante siempre.
91 8470225





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