Decía Guillem Albà el sábado, mientras se despedía en la puerta del Teatro Juan Bravo de la Diputación de las personas que habían asistido a ver ‘Trau’, que su compañía, amante del teatro artesanal y de los viajes de largo recorrido, cuenta con otro espectáculo “más poético” que el que tuvieron ocasión de ver los segovianos. Y créanlo, la hazaña parece harto complicada cuando se da cuerda al reloj hacia atrás y se repasan 65 minutos, 3.900 segundos, de instantes repletos de versos en forma de gestos, de melodías, de objetos y de reflexiones. Quien suscribe desconoce si existe una traducción del catalán para ‘Trau’, pero si la hay tiene que ser, debe de ser, un sinónimo de ‘poesía’.
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Acababan de abrir las puertas del Teatro y de fondo ya se escuchaba una música suave, de espectáculo delicado; de esas que invitan a sentarse en una butaca y esperar con sonrisa de niño ilusionado que llegue el momento en que la música cese y suceda algo. Alguien. Que llegue la sorpresa. Y ésta, en el caso de ‘Trau’, era un narrador que, poniendo cuerpo a esas voces en off que salen en las películas explicando qué es lo que le gusta y lo que no le gusta al protagonista, comenzaba por presentar a Trau, un ser de cabeza ahuevada, nariz y orejas grandes, vestimenta curiosa y zapatos gigantes. La poesía ya había entonado sus primeros versos gracias a los primeros destellos conocidos de la escenografía creada por Alfred Casas; un reloj que daba inicio a una cuenta atrás o una caja de mandos desde la que el narrador daba luz y notas a la historia. Algo que se iba a quedar en nada, momentos después de que Trau cantase las primeras estrofas de una canción en la que el público iba a conocer en primera persona qué eran esas bolsas que colgaban del techo de la vivienda del protagonista y qué hacía éste con ellas cada vez que deseaba volver al pasado; un pasado tan feliz como inacabado. Después de esta canción, el silencio; hecho, una vez más, poesía.
Trau, Guillem Albà, se entregaba entonces a una mímica explícita, de las que lo narran absolutamente todo sin más necesidad que la expresión corporal y las onomatopeyas, los ruidos, el poder de los ojos. El público a veces sonreía y otras veces elegía la carcajada para entender la ternura que el personaje ideado por la compañía catalana les había puesto enfrente; un personaje al que iba a dar aún más sentido la transformación del narrador de la historia en su único amigo. El último que le quedaba. Para ese momento, la belleza de las melodías compuestas por Anna Roig, recordando a la música mágica de las películas francesas, y de la escenografía diseñada por Alfred Casas ya estaba fuera de dudas; cachivaches que emulaban la consulta del médico, armarios que se abrían transformándose en máquinas del tiempo, sofás de los que brotaban artilugios… Poesía.
Con Trau y su amigo ya sobre el escenario, el teatro de sombras también aparecía en escena, y para completar el soneto perfecto, sobre las tablas del Juan Bravo sucedía la reflexión; la tristeza cosida a la alegría embolsada del protagonista. Explicar cómo resuelve esa rima Trau sería dar por acabada esta crónica; así que quizás, lo mejor es que estas letras también sean atrapadas por una sábana blanca y que quien quiera conocer la historia de ‘Trau’ a fondo se acerque hasta un escenario para comprobar que hay montajes que son mucho más que teatro; son auténtica poesía.






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