Tal día viejo como hoy
de mil novecientos y treinta y seis
murió Miguel de Unamuno,
hombre de luz y de ley:
la ley de la certidumbre
en apacentar su grey,
que fue grande en toda España
y en América también,
tras sus ojos buhoneros
y sus andares de buey.
El fue al que a Millán Astray,
militar tuerto tapado,
le puso al borde de un ay
cuando le dijo: caray,
con qué borde me he topado
en mi Salamanca blanca
donde todo guirigay
tiene la garganta franca
para decir “tate, fray”.
Y de allí pasó a advertirle:
Más vale la inteligencia
que tu pistola aguachirle;
guárdatela, mercachifle,
que aquí reina la decencia
y abultamos más presencia
que tus moros alarifes.
En redor y en consecuencia,
no nos toques las narices.
Millán aceptó el desplante,
se le demudó el semblante…
y el Rector acojonante
del mundo universitario
acalló su voz tronante
con un dicho lapidario:
“Contra esto y contra aquello”
siempre seré doctrinario.
De este modo fue Unamuno,
además de un sutil tuno,
un excelso predictor
de que ningún dictador
sería número uno
mientras él fuera Rector.
Y aquí se acaba la historia
de dos hombres enfrentados
para perpetua memoria:
al uno los desdeñados.
al otro la insigne gloria.
Dios nos coja confesados
con el pavo en pepitoria.
91 8470225
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