La formación tocó temas propios y también rindió homenaje a las grandes cupletistas con canciones como 'El Relicario', 'La chica del 17' o 'La violetera'.
La Historia guarda secretos en forma de canciones y cultura que, para desgracia de las generaciones venideras, además de no explicarse, se van perdiendo con el paso del tiempo y se confunden, hasta el punto de que no sería muy complicado encontrar ayer en el Teatro Juan Bravo de la Diputación de Segovia, a más de dos personas a quienes la palabra ‘cuplé’ les recordase a ‘copla’… y viceversa.
Por suerte para esos espectadores, que ya han aprendido algo y se quedaron ayer con la copla, De La Puríssima, encabezada por Julia de Castro, se encargó de aleccionar, con canciones e historietas previas, amenas, didácticas y divertidas, a quienes acudieron a su espectáculo.
Sobre el escenario, un piano, una batería y un contrabajo aguardaban a que Jorge Vera, Gonzalo Maestre y Miguel Rodrigáñez apareciesen en escena para tocar una introducción que sonó a jazz y también a esas escenas de series y películas de principios de siglo en las que el humo se moja en whiskey y los hombres se ríen a carcajadas exageradas. Sobre el escenario, también, un reclinatorio esperaba la confesión inicial de una Julia de Castro abulense, con sueños de ser segoviana -por la cultura que se respira en la ciudad-, que apareció con una chaquetilla de torero y una falda corta, y desapareció cerca de dos horas después de concierto, únicamente vestida con un ‘body’ negro y óptimo para imaginaciones cortas. También, por qué no, para las largas.
Actriz o cantante, provocadora o sugerente, Julia de Castro iba introduciendo al público en la esencia del cuplé de muchas maneras. Con unas pestañas inmensas y una peineta gigante, la vocalista de De la Puríssima iba haciendo un recorrido por los temas de las grandes cupletistas de principios de siglo XX y también por otros propios del grupo, que dejaban intuir lo que ella se empeñaba en repetir: que el cuplé era el inicio del resto de géneros. Sin pecados concebidos, en las canciones se escapaban notas de jazz y de blues, pero también de salsa e incluso de rap.
Julia de Castro utilizaba esa dicción que tan necesaria dice que es para su mundo, y tan pronto cantaba un tema a toda velocidad, como lo repetía para que el público entendiese bien lo que entonaba. Y es que ahí estaba el secreto de ese viaje por las diferentes islas en las que De La Puríssima iba aterrizando: en entender bien lo que contaban las historias, ya fuesen de la chica del 17, de las tardes del Ritz o del Relicario. Todas o casi todas tenían un mismo fin: hacer una peineta gigante a cualquier tabú sexual o sensual existente, ya fuese del siglo XX o del siglo XXI. Y es que, aunque algunos crean que la liberación existe en estos tiempos, pocos aún la comprenden. La violetera se marchaba dejando flores a todos ellos.





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