Martes, 13 de Enero de 2026
Noticias de Segovia hoy
OpiniónEl año 1.866 y la ciencia en España

CIENCIA Y LETRAS

El año 1.866 y la ciencia en España

Rafael Calderón Fernández | 190 2 Viernes, 29 de Enero de 2016 Tiempo de lectura:

En el año 1866, el monje austríaco Gregor J. Mendel publica  Experimentos sobre hibridación de plantas donde muestra el resultado de los trabajos llevados cabo durante 8 años en el huerto del monasterio de Brünn (actual Brno, República Checa). Usando una planta hermafrodita de fácil reproducción como el guisante y aplicando con rigor el método científico, Mendel  descubre las  leyes matemáticas que rigen la herencia de caracteres, conocidas hoy como leyes de Mendel.  Postuló la existencia de unidades de información hereditaria, que él llamó elemente y hoy conocemos como genes y su trabajo supuso el nacimiento de la genética, que hoy ocupa a miles de investigadores en todo el mundo.

 

Han pasado 150 años desde que Mendel presentara sus trabajos. Les invito a dejarse llevar por un breve recorrido histórico en el que se describe lo que se hacía, en el campo de la ciencia, en el entorno de ese año (10 años arriba, 10 años abajo), en los países de lo que hoy llamamos ‘nuestro entorno’.

 

En el entorno de ese año,  el inglés Charles R. Darwin publicaba el libro El origen de las especies por medio de la selección natural.  En él expone la idea de que las especies presentes en la actualidad  no son las mismas que las del pasado y que la explicación a la desaparición de unas (como demostraba el registro fósil) y la aparición de otras, estaba en la lucha por los recursos escasos.

 

 

Hoy día la existencia de un amplio registro fósil,  la antigüedad de la Tierra y la comparación genómica, hacen que la teoría de la evolución de Darwin sea admitida como una verdad científica  por duro que resulte para muchos.

 

En el entono de ese año, el escocés James Clerk Maxwell da a conocer la llamada ‘síntesis electromagnética’ con la presentación de las  4 ecuaciones matemáticas, de belleza profunda y abstracta, que llevan su nombre. Las ecuaciones de Maxwell predicen la existencia de ondas electromagnéticas, ondas que fueron producidas y captadas pocos años después de la publicación de Maxwell por el alemán Heinrich R. Hertz. Pronto aprendimos a transportar información en esas ondas electromagnéticas y los trabajos del italiano Marconi y del serbio Tesla hicieron operativa la radio.

 

Hoy las ondas electromagnéticas llevan el  sonido y las imágenes que permiten el milagro de las comunicaciones modernas y están en la base del funcionamiento de todos los aparatos que se usan en la medicina para ayudar al diagnóstico: rayos X, escáneres, resonancias magnéticas,  electros…

 

En el entorno de ese año, el alemán W. Bessel midió la distancia a una estrella, concretamente la estrella conocida como 61 de Cisne, no visible a simple vista. Y esa distancia resultó ser de  11 años-luz, es decir de unos 100 millones de millones de km.  Bessel alejó definitivamente el ‘firmamento’ de encima de nuestras cabezas y por primera vez el ser humano tuvo ante sí un universo que amenazaba con el infinito.  Casi a la vez, el francés Foucault, realizó un experimento con su famoso péndulo de Foucault, que demostraba que la Tierra giraba en torno a su propio eje, hecho que todavía muchos se negaban a admitir.

 

Hoy podemos medir distancias de miles de millones de años luz y ver con gigantes telescopios las primeras estrellas que se formaron en nuestro universo hace 13.000 millones de años y que, por tanto,  están a una distancia de 13.000 millones de años-luz.

 

En el entorno de ese año, los alemanes Robert Bunsen y Gustav Kirchoff, y el francés Hipolytte Fizeau,  aprenden a analizar en detalle la luz que emite un foco (una bombilla, un gas caliente, una estrella…). De ese análisis (espectro) aprenden a sacar conclusiones sobre la composición química del foco y la velocidad con que se mueve.

 

 

Hoy, gracias a los avances en el análisis minucioso de la luz, sabemos que todo el universo está hecho con los mismos átomos que hay en la Tierra, que todas las galaxias se alejan de la nuestra a una velocidad que es  mayor cuanto más lejos estén de nosotros y que vivimos en un universo que está en expansión y que tuvo un comienzo hace unos 13.800 millones de años.    

 

En el entorno de ese año, el químico ruso nacido en Siberia Dmitri I. Mendeléyev publica su libro Principios de química en el que da a conocer la Tabla Periódica de los Elementos. La Tabla de Mendeléyev puso orden  en el caos que por esos años existía entre los que se afanaban por conocer las propiedades de la materia y desde entonces, ligeramente modificada, está colgada en la pared de todos los laboratorios del mundo.

Podría seguir, hasta llenar muchos folios, relatando descubrimientos científicos de esa época que han contribuido a hacer posible la ciencia actual y el actual desarrollo tecnológico.  Pero por mucho que me extendiera en temas o en profundidad, sería difícil que pudiese incorporar en este relato el nombre de un científico español. (Antes que el  lector me haga un justificado reproche, diré que el año de Cajal fue el 1888).  Por lo tanto, la pregunta es obligada: ¿dónde estábamos nosotros?

 

Y esta es la respuesta: la Inquisición se abolió definitivamente en España en 1834 y por tanto en 1.866 estábamos ‘recién salidos’ de un largo túnel de oscurantismo. La facultad de Teología salió de las aulas universitarias  en 1868 y sólo unos años antes se había introducido en la universidad española  la facultad de Ciencias. En el entorno del año 1866, la ciencia en España estaba literalmente ausente. No hubo en esos años dotación de recursos para la investigación científica y no se formaron profesores ni mucho menos investigadores que  pudieran relacionarse de tú a tú con sus colegas europeos. La respuesta que en esos años daban las autoridades a las peticiones para que se invirtiese en ciencia básica era la misma que se está dando ahora: ‘la investigación es muy cara’.

 

 

La entrada en el s. XX con la moral baja por la pérdida de nuestras últimas colonias, fue seguida  una generación después, por un terrible enfrentamiento entre españoles que terminó con la implantación de una dictadura de casi 40 años.  Es fácil entender  porqué España es el único país de nuestro entorno que no tiene un solo premio Nobel en Física o en  Química. (Santiago Ramón y Cajal y Severo  Ochoa lo consiguieron en Medicina y Fisiología, aunque este último realizó toda su carrera en EEUU).

 

Con la llegada de la democracia y sobre todo desde nuestra incorporación a la Unión Europea, la ciencia en España iba mejorando, arrastrada sobre todo por nuestra inclusión en proyectos europeos.  Pero la llegada de la crisis ha supuesto un frenazo en la inversión en I +D considerable, que alcanza un 40% en la cantidad destinada a proyectos de investigación. Por otra parte, el porcentaje de la población española que trabaja en organismos o empresas destinados a I + D está por debajo de la media de los 27 países que conformamos la unión europea y muy por debajo de los países que son motores económicos de Europa.

 

Estamos en un momento decisivo en el que la ciencia y la tecnología tendrán un papel si cabe más decisivo que hasta ahora en la organización de la sociedad futura. Y para justificarlo basta un par de apuntes:

 

  • En la recién finalizada cumbre del clima de París quedó claro, a pesar de las posturas no definitivamente comprometidas de algunos importantes países, que no podemos seguir con este modelo de crecimiento y sostenerlo, además, obteniendo la energía con la quema de combustibles fósiles. Es urgente responder a la pregunta de qué es crecer, teniendo como referente la  necesidad de  obtener la energía de fuentes que no envenenen el aire.  España, por su situación geográfica, debería jugar un papel protagonista,  en el marco de la Unión Europa, del cambio obligado que ha de producirse, como máximo en dos décadas y que ha de propiciar la implantación de las  llamadas energías alternativas

 

  • El desarrollo científico y tecnológico en distintos campos puede producir un salto cuantitativo en los próximos años.

 

  •  la Inteligencia Artificial está cambiando la manera de mirarnos a nosotros mismos. La posibilidad de que los robots hagan trabajos cada vez más complejos y acaben independizándose del creador ya no es ciencia ficción y es un tema con profundas implicaciones éticas.  
  • Las tecnologías asociadas a la nanociencia y al conocimiento de nuestro cerebro están consiguiendo materiales con propiedades ‘a voluntad’, manipular nuestras células y genes ‘a voluntad’ e incorporar a nuestro cuerpo elementos nanoelectrónicos que  se confunden con los elementos biológicos y los complementan.
  • Las nuevas tecnologías de la Información aplicadas al hogar y a la industria están produciendo lo que ya algunos llaman la cuarta revolución industrial, que tendrá profundas implicaciones en la formación y en el empleo del futuro inmediato.

Esto desencadenará cambios sociales, culturales, políticos y económicos inimaginables. Teniendo en cuenta que nuestra curiosidad y aspiración a perfeccionarnos es intrínseca, vendrán tiempos nuevos a cuyo diseño debemos contribuir como país.

 

 Pero; ¿estamos preparados? Estos temas forman parte del debate público en los países de nuestro entorno, en los que se habla de cómo organizar la sociedad que se nos viene encima, cómo incorporar la nueva tecnología a los procesos de producción, cómo incorporarla a nuestras casas y ciudades,  qué riesgos conlleva el uso de los combustibles fósiles, qué alternativas viables hay de sustituir el petróleo, qué mecanismos hay que poner sobre la mesa ante el riesgo de que un día los robots nos superen, qué hacer, desde el punto vista ético,  ante la posibilidad de que la edición genómica acabe por meternos de lleno en la enorme responsabilidad de participar en el proceso evolutivo, o de repararnos por dentro sin que lo percibamos y poder ser siempre jóvenes o casi eternos. O hasta qué punto podemos llegar en nuestra transformación en ciborgs, individuos con chips integrados en nuestros cerebros que nos cambien por dentro y por fuera. 

 

Es obvio que en España estos temas están muy lejos de ocuparnos ni preocuparnos y es que  llevamos desde siempre ocupándonos en buscar nuestra identidad. Hasta hace unos años las tertulias en radio y televisión hablaban casi en exclusiva del problema vasco. Ahora nos ocupa el problema catalán.  Y mientras tanto, que inventen e innoven otros. Entre medias están los años que vivimos mirándonos el ombligo mientras creábamos la burbuja inmobiliaria que sirvió para esquilmar el país y practicar con el dinero nacional el proceso de ósmosis inversa, que a modo de eficaz desaladora, llevó el dinero donde más dinero había.

 

Recientemente ha aparecido en la prensa una carta firmada por más de 500 personas relacionadas con la ciencia en la que recogen su malestar por la situación en que se encuentra  la ciencia española en general y dentro de ella la investigación básica.  Es de lamentar el frenazo a la inversión en I+D+i que nos ha devuelto a la cola de Europa y obligado a varios miles de investigadores formados aquí  a abandonar España. Pero lo más triste, y es denunciado en la referida carta, es la burocratización, el dirigismo, la falta de transparencia y la politización que no somos capaces de aparcar. Ni siquiera del ámbito de la investigación somos capaces de quitar la mala política y esto  nos conduce a una falta peligrosa de competitividad y a propiciar una imagen exterior no deseada.

 

La ciencia ha sido y es fundamental para asentar  en la sociedad la prosperidad y  la democracia. Crear una ciencia libre de los avatares políticos, basada en criterios de mérito y capacidad, que rinda cuentas a la sociedad y con el apoyo económico que requiera, es fundamental para poder aprender y poder tomar decisiones  con ellos, con los de nuestro entorno. Mucho me temo, que si esta tambaleante Unión Europea quebrase, España iniciaría de nuevo su camino hacia el temido túnel del que tanto nos ha costado salir.

 

Rafael Calderón Fernández.

Catedrático de Bachillerato de Física y Química. Jubilado.

Comentarios (2) Comentar esta noticia
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.139

  • José Muñoz Domínguez

    José Muñoz Domínguez | Sábado, 30 de Enero de 2016 a las 14:05:56 horas

    Además de declarar que estoy completamente de acuerdo con el articulista, pero sin olvidar que el sigo XIX español fue una centuria perdida en buena parte por la sucesión de guerras y guerrillas (guerra de Independencia, guerras carlistas, revolución liberal de 1868, independencias coloniales y guerra de Cuba, etc.), quisiera dejar un par de apuntes sobre el tema: ¿seguro que "la curiosidad y la aspiración a perfeccionarnos es intrínseca" en el ser humano? Desde luego, por lo que yo veo a diario a mi alrededor (soy profe de secundaria), ambas cualidades brillan por su ausencia, así que los humanos españoles ya empezamos mal nuestro camino hacia la superación por vía científica. Por otra parte, ¿seguro que la Inquisición o sus instituciones residuales quedaron extintas? Pues entonces que alguien me explique cómo es posible que el 90 % o más de nuestros alumnos de Bachillerato en Ciencias, futuros universitarios en los campos que se valoran en el artículo, se matriculan en Religión. Mientras tanto, a quienes mantienen semejante plan de estudios y cierran a la ciencia básica el grifo del dinero, se les llena la boca con aquello el I+D+I. José Muñoz Domínguez / DNI nº 08.104.629-G

    Accede para responder

  • Luis

    Luis | Sábado, 30 de Enero de 2016 a las 09:47:14 horas

    Revelador y muy preocupante.

    Accede para responder

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.