OBITUARIO
Alberto Pico, el cura que se enfadaba con Dios
Era una figura fundamental en el Barrio Pesquero de Santander por su compromiso con los más desfavorecidos
JUAN G. BEDOYA 12 JUN 2014
Pese a ser un cura extravagante en el sentido académico del término (es decir, fuera del común modo de obrar en la Iglesia católica), las más altas autoridades de Cantabria, con el presidente Ignacio Diego a la cabeza, se unieron la semana pasada a la multitud que despidió al párroco del Barrio Pesquero de Santander, Alberto Pico, fallecido el 2 de junio a los 82 años. También estaba el obispo Vicente Jiménez, que presidió el funeral, concelebrado con decenas de sacerdotes. Fuera de la iglesia del Carmen, abarrotada en medio del barrio, cientos de vecinos esperaban a que terminase la ceremonia religiosa para despedir a su manera a quien se desvivió por ellos durante cuatro décadas, en una imponente labor de defensa de los derechos elementales de sus parroquianos, creyentes o no. El PSOE ha propuesto crear el Premio Alberto Pico a la Solidaridad, y el alcalde de Santander, Íñigo de la Serna, que también asistió al funeral, pondrá el nombre del sacerdote a un paseo y a un parque. El Ministerio de Educación ya lo honró dando el nombre de Alberto Pico al instituto del barrio, que se construyó sobre terrenos que el combativo párroco logró expropiar al obispado después de muchos sofocos.
Alberto Pico, de izquierdas (“rojo, pero muy perdido”, bromeaba), desastrado en el vestir, tenía tantos amigos de alta cuna como de baja cama. Daba gloria ver (u oír) con qué gracia sableaba a los poderosos para repartir su dinero entre los necesitados. No paraba de pedir, aún sin hacerlo. Y sus admiradores no paraban de darle, para socorrer a un barrio sembrado de viudas y huérfanos de la mar, mujeres maltratadas, drogadictos, expresidiarios y vecinos en paro o sencillamente holgazanes… “Somos los de abajo, yo también. Cada noche hacemos el recuento de lo mucho que no hemos podido ayudar”. Con el plural “hacemos” se refería a sus compañeros de parroquia y posada, entre otros Julián Torre y Carmen, que tanto lo cuidaron.
Para entender a Pico hay que remontarse a la creación del Barrio Pesquero, en los años cincuenta del siglo pasado, en una operación nacionalcatólica que parecía caritativa (con Herrera Oria de padrino, el futuro cardenal a la sazón párroco de la mejor iglesia de la ciudad), pero que también fue especulativa. “Los de abajo” de Pico vivían entonces frente al hoy coqueto Puerto Chico, a tiro de piedra del lujoso Paseo Pereda, así que había que llevarlos, de buena gana o a la fuerza (castigo de posguerra), a un lugar menos visible, donde se levantaron apresuradas casas baratas. Lo bueno fue que con los proletarios llegaron sacerdotes de carácter, en la mejor tradición de la teología de la liberación, entre otros Guillermo-Simón Altuna, Miguel Bravo y Alberto Pico. Tuvieron tanto prestigio que la brutal policía de la dictadura no siempre se atrevió a penetrar en aquel santuario de cristianismo auténtico, donde nació Comisiones Obreras y se fraguaron proyectos de izquierda. El párroco más mítico fue Bravo. Cuando falleció en 1967, con apenas 35 años, a su lado ya estaba Pico, de la misma raza evangélica.
Había nacido en Cuba, de madre mexicana y padre cántabro. De meses se lo trajeron para España, donde pronto quedó huérfano de madre y a cargo del sacerdote Feliciano Calvo. “Me di cuenta de que quería ser sacerdote cuando ya lo era”. Tenía 24. Para ir a ver a su padre en Cuba se hizo capellán de la marina mercante. Después fue cura en Laredo y en parroquias rurales, antes de llegar al Barrio Pesquero, donde atrajo a todo tipo de fieles, creyentes o no. “Se puede ser profundamente religioso y no creer en Dios”, predicaba. Solía enfadarse muy seriamente con Dios, por el silencio de su dios ante el sufrimiento y las injusticias. Se resistía a aceptar la incompatibilidad de dos atributos que se predican de su dios: el de la bondad y el de la omnipotencia. “No hay nada más sucio que hacer sufrir a un pobre y nada más triste que estar al lado de quien sufre sin poder socorrerlo”, se quejaba Pico con buen humor, siempre esperanzado.
MÚSICA
Tras nueve discos con Pretenders, Chrissie Hynde vuela en solitario con 'Stockholm'
IGNACIO JUKIA 5 JUN 2014
Lo que hace única a Chrissie Hynde (Akron, 1951) es la rabiosa frescura con que actúa sus contradicciones. Una voz de vibrante complicidad, arraigo melódico, letras pendientes de los claroscuros del amor y las injusticias e hipocresías la hicieron soma radiofónico, pero ella se negó a perder la vida a pie de calle. Otro singular rasgo de un carácter indómito, heredado quizá de una adolescencia en el Ohio industrial. En su seno bulle todavía la muchacha que soñaba con la Inglaterra de los Kinks y los Rolling Stones. La chica que endurecía su femineidad al asalto de un gremio donde impera la testosterona.
De opiniones propias, en 1981 me confesaba su rechazo a la píldora anticonceptiva, pues regula el ciclo menstrual. “Hay muchas otras formas de evitar la concepción, y no estoy defendiendo el aborto. El acto de la procreación es lo más real e importante que pueda hacer un ser humano. Me parece una barbaridad que no se tenga control sobre ello”. En aquellos días vivía con Ray Davies, con quien tuvo una hija. Años después, su matrimonio con Jim Kerr, de Simple Minds, produciría otra niña. Su idea de una buena educación la resumía en “caballos y libros”. Naturaleza y cultura, parece indiscutible.
Flaca e impetuosa, bien conservada, en 2009 se mantenía librepensadora al lamentar que las parejas vitalicias se estén extinguiendo. “Tus amigas te animan a abandonar una relación que no funciona. Y te sientes presionada a no luchar por enmendarla. No sé si esto es bueno o malo, nadie quiere verse atrapado en una relación horrible. Pero nadie quiere tampoco estar solo, y la alternativa es saltar de una a otra, lo que a la larga resulta doloroso”.
Fiel a su perfil, Hynde rompe su miedo a volar en solitario tras nueve discos con la marca Pretenders. Stockholm, producido en la capital sueca por Björn Yttling, suena a paso en falso, pero será digerido gustosamente. Hay destellos rock —ecos de Phil Spector, un fogoso cameo de Neil Young—, pero falla la materia prima, manufacturada en gomoso artificio pop. Persiste empero la autora que pone el dedo en la llaga. Ella se excusa asumiendo falta de ambición: “No quiero que el arte sea perturbador; ya estoy bastante perturbada. No necesito que invite a la reflexión; ya pienso demasiado. Quiero que me haga sentir mejor”.
Volvamos a 1973, fecha en que aterriza en Londres y se da de bruces con la realidad. Escribe para el semanario New Musical Express. Trabaja en la tienda Sex que Malcolm McLaren y Vivienne Westwood regentan en Kings Road; intenta enseñar a tocar la guitarra a Rotten y propone matrimonio a Vicious para obtener la residencia; entabla duradera amistad con Jones y Strummer. Pero su sensibilidad, educada en el rock psicodélico, no encaja en la procacidad del punk.
Tras varias intentonas, encuentra músicos afines y nace Pretenders. Dos rotundos elepés la aúpan al éxito, pero la muerte por sobredosis del bajista Farndon y del guitarrista Honeyman-Scott romperá el molde original. Cuando reconstruya la banda, se verá abocada a jugar según las reglas de la industria. Y surgen clásicos radiofónicos como Don’t get me wrong o I’ll stand by you, que hoy dice detestar aunque le hayan proporcionado una vida confortable. También caerá en la autocomplacencia creativa; está en otros frentes: la maternidad, el activismo.
Vegetariana desde los 16 años, feroz antitaurina, apoya fervorosamente a PETA. Guarda la guitarra cuando no trabaja, y cree en el instinto para navegar el negocio. Se declara un espíritu asocial pese a su afición a perderse entre la multitud, aspirando quizás a la pertenencia. Y se arrepiente de sus mediáticos exabruptos, de haberse dejado llevar por el ardor vegano al atentar contra una cadena de hamburgueserías. “Hemos alcanzado un punto de saturación consumista”, me decía. “Hablo desde el corazón cuando expreso estas cosas, no digo que yo no consuma. Y no es política, sino la condición humana misma”. Le duele el rumbo que ha tomado el mundo desde los prometedores años sesenta… y su reverso oscuro.
Parecía embelesada con Vicky Cristina Barcelona, donde tuvo novio, un pintor sudamericano. Y a raíz de ésta me contó lo que suponía para un estadounidense acceder a una cultura donde hay vida en la calle. Esto explicaba el giro en su país hacia lo local, reacción a un mundo corporativo sin freno. “Y lo impersonal no es humano”, zanjó.
La huella genética persiste en su hija mayor, Natalie, detenida el año pasado en una manifestación antifracking. La música, al fin y al cabo, no lo es todo.
Stockholm, de Chrissie Hynde, está editado por Caroline / Music As Usual.





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