Quien nos iba a decir que la lectura diaria del BOCYL sería de las herramientas de mayor ayuda en nuestros días. A estas alturas, en las que estamos hasta el último pelo de la crisis sanitaria, política y económica, recomiendo encarecidamente un nuevo hábito de lo más sano.
No me refiero a desayunar un kiwi, o beber agua en ayunas, se trata de una herramienta para fortalecer la salud mental. Les cuento.
He aprendido a levantarme cada mañana y con el café, ampliar las lecturas mañaneras de repaso a la prensa general con la lectura del BOCYL. Si, si, el BOCYL. Cómo se lo cuento.
La explicación bien la intuyen ya ustedes. En estos tiempos, hoy te levantas y puedes juntarte con cuatro, si es dentro del bar, pero seis si es en terraza. Eso si no es en Segovia, donde sólo en terraza y perdóneme ustedes que no sé hasta cuantos convivientes o no convivientes por poner un caso pueden tomarse una caña en las terrazas a día de hoy.
Las distancias de seguridad son de lo más ambiguas, lo de fumar ídem de lienzo, ¿la mascarilla a ratos o como un tatuaje? así todo.
Y llegados a este punto la utilidad de Bocyl es nuestro arma como humildes ciudadanos, porque si esperas que la omnipotente policía municipal te lo explique como servidora del ciudadano que se supone que es, vas listo.
De explicar nada. Y si hay algo que explicar te lo hacen por escrito. Les aseguro que ya he visto de todo.
He visto como dos señores agentes municipales cruzaban sus coches al estilo Starsky y Hutch y cuan Miuras increpar a señores, señores, a la voz de “¿Qué!? ¿Qué parte no han entendido? Los señores, señores, no sabía por qué ni por dónde les venía: llevaban mascarilla, eran seis, estaban en hora…”¡Que son las diez y un minuto!” Y aquí llegó la aclaración: “¡documentación!” (que se lo voy a explicar por escrito).
He visto como un guardia en la moto, ha frenado en seco para amonestar sin ningún tipo de saludo ni educación a una pareja de jubilados. La pareja de veteranos tortolitos se había bajado la mascarilla para inmortalizarse con un selfie ante la iglesia de San Millán y el servidor público a voz en grito de malos modos rompió todo el romanticismo de la escena, en la que por cierto no había nadie más que yo a diez metros de distancia.
Y así una tras otra. La educación brilla por su ausencia y mucho más si los sujetos a increpar no son señores, señores, si no la chavalería, que para su desgracia están estigmatizados todos en un mismo saco como delincuentes en potencia.
De aquí lo del Bocyl. Sean precavidos y conozcan las normas antes de entrar en un restaurante, trasladarse a otro municipio o hacer un desplazamiento en coche, así no tendrán que esperar a qué nadie les explique si lo están haciendo bien o mal.






Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.7