Andamos todos con la mosca tras la oreja por la tan cuestionada vacuna de Astra Zeneca. No es para menos, pues más allá de los pocos conocimientos que tenemos la mayoría de los mortales del tema, estamos en manos de las administraciones y sobre todo de los medios, y cómo éstos nos quieran contar las cosas es lo que a mi entender nos pone las orejas de punta.
La prueba la tenemos en temas y productos más de andar por casa. Recuerdo la campaña en contra del aceite de oliva, que luego ha resultado ser el oro de nuestra dieta. ¿Quién no se ha ido a la cama con una buena friega de Vicks Vaporub? ¿Y se acuerdan de la talquistina? Por lo visto hemos estado cerca de criar malvas durante alguna temporada aunque luego han resultado nuevamente remedios infalibles.
De modo que así las cosas, la alarma social se genera por una suerte de consignas mediáticas o vaya usted a saber de quién y con las mismas tratamos de aplacarla.
Dos caras de la misma moneda. Ayer contabas los datos malos y alarmantes y hoy las bondades que dónde va a parar son cualitativa y cuantitativamente mayores.
Así las cosas, tengo un amigo que se ha leído el prospecto enterito de la dichosa vacuna, y tras un exhaustivo análisis y tras descubrir en dicho libreto que tenía “nosequé” componente del chimpancé ha desestimado ponérsela a pesar de ser ya de los privilegiados con cita para hacerlo.
Que no. Que se espera a la rusa, que según su teoría se habrá probado con 300 presos confinados en Siberia y no con monos ni ratas, y eso no es que lo apruebe un hombre de orden pero le da más garantías.
Poco se habla de la vacuna rusa. Tiene un nombre un poco de chufla, Sputnik, más parece el nombre para un tripi. Datos buenos no tenemos por descontado, pero de los malos tampoco y eso ya es una garantía en la era de la información.






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