Félix Ortiz es la alegría de la Huerta. No porque haga honor a su nombre, ni porque su exuberante jardín, a orillas del Eresma, se convierta cada otoño, durante el Hay Festival, en un museo al aire libre donde monumentales esculturas respiran en libertad. Es porque en el río de su vida, donde florece el arte, se va encontrando con amigos. Y lo disfruta. En esta entrevista en la que repasa las seis ediciones transcurridas, Félix Ortiz tiene un recuerdo para las personas que le han influido, ayudado y animado. Como los dos jesuses, Serrano y Mazariegos, que se han ido hace poco y a los que el mundo del arte echa de menos: “Los hermanos Serrano me enseñaron a amar el arte. Y Mazariegos, con sus temblores, animaba esta huerta”, reconoce.
Con total naturalidad confiesa que ha copiado a uno de los mayores coleccionistas de España, también residente en Segovia, Marcos Martín Blanco, la idea de que el coleccionismo es pasión: “Yo soy un apasionado del arte contemporáneo. Quizá demasiado visceral. Lo que encuentro cuando organizo todas estas cosas es una satisfacción personal”. Y guarda en la memoria anécdotas, como la huella que la naturaleza segoviana deja en las obras que lo pisan, o la que los artistas dejan en él y en la ciudad, como el abrazo al Acueducto de su querido Ibarrola. “Al final, en todas estas exposiciones, convivimos libertad, esculturas, un espacio verde y los productos de la huerta: tomates, judías verdes o judías de de La Granja”, resume.
SegoviaDirecto.- Ya son seis las ediciones de Esculturas en Libertad en el marco del Hay Festival
Félix Ortiz.- Ésta es la sexta edición de una exposición del Hay Festival en la huerta. La verdad es que cuando empezamos con la primera, yo nunca pensé que pudiera tener el éxito que han tenido ya las restantes. Se está convirtiendo casi en un clásico, la exposición de la huerta.
Por recordar, la primera exposición que tuvimos fue la gran exposición, para mí la que más huella me ha dejado, por razones muy personales, de Agustín Ibarrola. Fue fantástica, magnífica. Agustín es un personaje inigualable. Y tuvimos la suerte de que estuvo conviviendo aquí con nosotros durante una semana.
Gracias al éxito de esta exposición, la galería Marlborough colaboró con nosotros, con el Hay Festival, haciendo otra gran exposición donde aquí pudimos ver obras de Antonio López, Martín Chirino, Leiro, Blanca Muñoz… Lo más granado de la escultura nacional.
Al siguiente año hicimos una exposición sobre los guerreros de Xavier Mascaró. Fue impresionante el guerrero que instalamos delante del Acueducto y fueron impresionantes los ocho guerreros que estaban en el eje de la huerta, aparte de otras piezas. La exposición, igualmente, tuvo mucho éxito.
Al año siguiente, vino un escultor al que admiro y quiero, que es Carlos Albert. Es un hombre joven, con mucha proyección. Yo sé que va a ser un grande, ya lo es, pero va a ser todavía más grande dentro de la escultura española, que por cierto el Ayuntamiento de Segovia tuvo el acierto de comprarle una escultura, que estuvo ahí expuesta y que ahora está en la rotonda de las hermanitas de los pobres.
El año pasado, ya con la galería Marlborough, trajimos a uno de los escultores más importantes del mundo, Roberto Barni. Es un escultor ya mayor, italiano, con un historial ya detrás impresionante. En cierta medida fue un poco como internacionalizar la huerta, se empezaron a internacionalizar los tomates de la huerta, porque al final, en todas estas exposiciones, convivimos libertad, esculturas, un espacio verde y luego después, los productos de la huerta: tomates, judías verdes o judías de de La Granja.
Y ya este año, tenemos a Juan Garaizabal. Es una persona con mucha proyección, es reconocido internacionalmente, y luego quería decir cómo ha entendido que este tipo de cosas sólo se pueden hacer desde la generosidad de los artistas o de sus galerías y desde la colaboración del propio artista.
S.D.- ¿Qué balance hace de estas seis ediciones?
16:29 No me lo creo. He encontrado colaboradores por todos los sitios y luego después me han ayudado muchos amigos. En este momento quiero hacer un recuerdo en la memoria también de dos personajes que nos han dejado muy recientemente: Uno es Jesús Serrano. Yo a los hermanos Serrano les compré el primer grabado del Equipo Crónica cuando todavía no tenía 20 años. Ellos me enseñaron muchísimo y me enseñaron una cosa muy importante: que es amar el arte. El arte contemporáneo. Y Jesús nos ha dejado hace pocos días.
Otro Jesús ha sido Mazariegos. Era un personaje fantástico. Él, con sus temblores, animaba esta huerta. Cuando venía, cuando me ayudaba, porque me daba su opinión, yo se la pedía, y le hacía caso, porque era tan bueno como persona como artista, porque luego resultó ser un gran artista.
S.D.- ¿Qué tienen de Félix Ortiz estas Esculturas en Libertad?
F.O.- Pasión. Uno de los mayores coleccionistas de España, o quizá el mayor, que vive aquí en Segovia, y que es una persona espléndida, Marcos Martín Blanco, dice, se lo he copiado, que el coleccionismo es pasión. Yo soy un apasionado del arte contemporáneo. Quizá demasiado visceral. Lo que encuentro cuando organizo todas estas cosas es una satisfacción personal. Es puro egoísmo. El hablar con los artistas, con las galerías, hacer un texto dentro de mis propias limitaciones, enseñárselo a mis amigos, el whatsappearlo… Todo esto a mí me produce mucha satisfacción. Y como estoy jubilado, me viene fenomenal.
S.D.- ¿Qué anécdotas destacaría de todos los artistas que han pasado por aquí?
F.O.- Hay una historia de Agustín [Ibarrola] que a mí me impresionó mucho, que le define muy bien. Cuando estuvo aquí viviendo, fuimos su mujer Mari Luz, mi mujer María Amelia, él y yo a cenar un día a Cándido. En septiembre. Cuando salimos de Cándido, estuvimos viendo el Acueducto y Agustín, sin decir nada a nadie, se adelantó y le abrazó al Acueducto. Yo en ese momento no llevaba el teléfono para hacerle una foto. Y le dije: “Hombre Agustín, ¿por qué no lo repites?” “Hay cosas que no se repiten”, me dijo. Tengo en mi memoria, las tendré siempre, dos imágenes de Agustín: Una aquí dirigiendo cómo unas piezas que pesaban más de 3.000 kilos, una persona con ochenta y tantos años, decía dónde había que ponerla. Y la otra es el abrazo al Acueducto.














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