Mariola; nombre imponente, con personalidad, fuerte y con aires de recuerdo. Podría serlo de tango, como Malena. Pero teniendo en cuenta lo escuchado en el Teatro Juan Bravo de la Diputación en boca de Mariola Membrives, en realidad puede serlo de lo que quiera; de bolero, de copla, de ranchera, de canción de autor o de fado. Da igual. Sus letras tienen rima, aureola, y convertidas al jazz dejan a Mariola en un lugar privilegiado. Vestida de rojo. Apostándolo todo a la pasión, que es sustantivo de vehemencia, de dominio y también, sabiéndola llevar, de elegancia.
Porque elegante fue un rato Mariola Membrives; en concreto una hora y veinte minutos, que fue lo que duró el concierto, enmarcado en el ciclo ‘El mejor jazz, soul y blues’; desde el primer ‘Barro tal vez’ de Luis Alberto Spinetta, en el que Mariola no fue traidora porque avisó de que ya se iba haciendo más música que canción, hasta la última palabra del mismo autor en ‘Muchacha (ojos de papel)’ con la que Mariola, animada por su saxofonista, Gorka Benítez, puso fin al recital.
Sentada en todo momento sobre una pequeña silla situada en el centro del escenario, de la que sólo se elevaba ligeramente, apoyándose en un brazo mientras sujetaba el micrófono con la mano del otro, en determinados momentos de locura y rabia de algunas canciones, Mariola Membrives llevó al Teatro Juan Bravo por un paseo que, si se cerraban los ojos, el espectador se podía imaginar en medio de una película de Woody Allen, por la noche, reflexionando sobre lo estúpido que es el amor a veces… y otras veces también la vida. Nostalgia, recuerdo, dolor y corazón se agarraban a la garganta de Mariola e incluso brotaban de sus ojos, con una luz roja sobre ellos, convirtiéndose en lágrimas, en algunas de las sentencias de las verdades de Consuelo Velázquez, José Alfredo Jiménez o Joan Manuel Serrat, mientras la cantante miraba de reojo a Jordi Bonell, sentado a su izquierda, abrazando a la guitarra, o sonreía al ver los brazos de plastilina de Gorka Benítez saltando de nota a nota del saxo.
Benítez, el único que permaneció de pie durante el concierto, además, se animó a tocar la flauta en algún tema, poniéndose de puntillas de vez en cuando para alcanzar los compases más agudos, y acompañó a las palmas a Mariola cuando el paseo, en canciones como en la que Mariola versionó a Javier Ruibal, atravesaba por melodías que llevaban a calles de bullicio y personas de viernes por la tarde. La voz de Mariola, quien agradecía entre tema y tema el silencio del público y sus aplausos, a veces se hacía confesión y otros lamento, bajando y subiendo a su antojo mientras Jordi Bonell aprovechaba las pausas dentro de la misma melodía para cambiar la cejilla de traste.
Después de recordar la copla de Carlos Cano con ‘Antonio Vargas Heredia’, hubo incluso alguna persona entre el público que dejó saltar del patio de butacas al escenario un “olé” y quien, en la intimidad y la cercanía que ofrecía el concierto y los artistas, apuntó un “nos has emocionado”. Mariola terminó su actuación, antes de volver a Spinetta en los bises, entre poemas cantados de Jorge Amado en portugués, la niñez de ‘Chiquilín de Bachín’ y el ‘Dance me to the end of love’ de Cohen de una forma aflamencada. La noche, el paseo con sus cuerdas vocales como sandalias, había sido de pasión y de nostalgia. Y cantar su nombre, Mariola, será a partir de ahora, un tango, un bolero o una ranchera, sencillos de recordar.





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