Desde pronto por la mañana, más de nueve mil personas han cogido sitio en la Pradera del Hosptial para disfrutar de una tradición que pese al calor mantiene a sus fieles.
Lo bueno habría sido que toda la cola que impaciente esperaba a recibir una de las 11.000 en número, once mil en letras -vamos, que había para todos-, raciones de judiones que la Asociación de Cocineros de Segovia junto a peñistas de La Granja y otros colaboradores llevaba preparando hoy desde las 5:00 horas, hubiese escuchado las palabras del alcalde del Real Sitio momentos antes de que se abriesen las puertas del recinto vallado. "Es el arma más eficaz en contra del odio; este tipo de eventos de convivencia", señalaba José Luis Vázquez, instantes antes de que los 34 cocineros participantes levantasen los cartones de las ollas donde reposaban unos judiones que llevaban cociéndose desde las 7:30 horas.
Lo malo, que ni toda la cola había escuchado al alcalde, y que siempre tiene que haber quien, en un evento repleto de familias, de bailes y de carcajadas, de abrazos y de palmadas en la espalda, de conversaciones entre generaciones, de música de dulzaina y tamboril, de comida en familia... dé la nota hasta triturar el titular. Y es que hoy, en la Pradera de El Hospital, nada más abrir el acceso a las ollas, un joven de apenas 15 años se enzarzaba con varios señores que le triplicaban la edad sin que su familia, ni tampoco la Guardia Civil -que media hora más tarde le buscaba por los alrededores-, fuese capaz de pararle los pies o de mostrarle el camino del respeto y las razones.
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Por suerte para la tradición, el hecho terminaba quedando arrinconado por las más de 9.000 personas restantes que sí eran capaces de hacer buenas las palabras de José Luis Vázquez y que, repartidas por toda la Pradera, justificaban el argumento de que la judiada "no es la fiesta del ensalzamiento del judión, sino del ensalzamiento de la hermandad, de la confraternidad, de la armonía, de la antítesis de todo lo malo que acontece en el mundo", como expresaba el alcalde, quien recibía a cada nueva personalidad que acudía al entorno de los fogones con un pañuelo rojo en la mano y un abrazo dispuesto a colocárselo; fuese del signo político que fuese o procediese de donde procediese. Entre las personalidades, hoy y por primera vez, se encontraba también un José Manuel Maza, fiscal general del Estado, que recordando cómo en La Granja había "pasado algunos de los momentos de mayor felicidad de mi vida" -incluido el Servicio Militar a pocos kilómetros-, reconocía que "no había estado nunca en la judiada y unos amigos se han empeñado en que viniera, así que es una enorme satisfacción estar aquí".
Como satisfacción lo era -y lo continúa siendo a estas horas de la tarde- para los centenares de familias y amigos que habían ido colocando sus mesas, sillas y neveras en la Pradera a lo largo de la mañana; una Pradera que cada año que pasa parece estirarse más y más, para dar cabida a 1.100 kilos de argumentos de caldosa y caliente hospitalidad.







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