Los cines españoles estrenaron ayer 'Tarde para la ira', película coprotagonizada por el segoviano Luis Callejo.
![[Img #35870]](upload/img/periodico/img_35870.jpg)
Lo bonito, lo feo, lo bueno, lo malo, lo poco, lo mucho, lo interesante, lo grande, lo pequeño... todo está en los ojos de quien lo mira. La mirada es la que lo cambia todo de perspectiva; la que lo gira y lo pone a su manera, la que convierte en extraordinario la ruina. Quien está acostumbrado a ver a Raúl Arévalo en la pantalla, grande o pequeña, quien le ha visto ser el más 'quinqui' de sus 'Primos' y el más perverso de 'La Embajada' sabe que hay algo en sus ojos, que se adapta perfectamente a la circunstancia. No es la misma mirada la que hace sus ojos más pequeños acompañados de una sonrisa al decir "how do you do, rubia", que la que frunce su ceño maquiavélicamente en su papel de Eduardo.
La mirada de Raúl Arévalo está cargada de talento y por eso, en 'Tarde para la ira', su primera película, estrenada ayer en todos los cines de España, ha sabido observar a la venganza y a la violencia desde una perspectiva caballera, caballerosa, sin recrearse en la sangre, pegando un único golpe, ¡pum!, trabajo hecho.
A ello, sin duda, al trabajo bien hecho de sicario y nada más, de 'asesino' casi a sueldo y sin remordimientos, contribuye la elección de compañeros de viaje y de sus respectivas miradas en su primer largo. 'Tarde para la ira' se quedaría a medias sin la mirada de ira de Antonio de la Torre y sin la mirada de miedo, de saber que la está 'cagando' -no hay otra palabra- de Luis Callejo; de Jose y de Curro. De la Torre contaba en alguna entrevista que el director le había prohibido terminantemente sonreír, ni siquiera en escenas obvias para la sonrisa, nada. Lo hace ligeramente con los ojos en alguna de ellas; pero nada más. Durante toda la película mantiene una mirada penetrante que te cuenta que en su cabeza tiene preparada esa tarde para la ira desde hace tiempo.
Por otro lado la película muestra la mirada de Curro, expresidiario después de ocho años que, dentro de su violencia interior, lo único que parece querer es la paz de dejar la cárcel a un lado. Vivir. Echar unas partidas a las cartas con los colegas del bar. Echar un polvo con una Ruth Díaz que, dentro de su papel de secundaria dando vida a Ana, tampoco oculta una mirada mezcla de miedo y de incertidumbre.
'Tarde para la ira' empieza con una cámara sin trípode, con movimientos bruscos de objetivo dentro de un coche. Empieza enfocando desde atrás, con una perspectiva diferente, con una mirada distinta... y termina sin palabras pronunciadas. Que a veces con mirar es casi suficiente. Y Raúl Arévalo, partiendo del mismo cartel, ha sabido entender la ira desde su punto más característico: la mirada.





Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.179